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Las nuevas tecnologías están transformando el comportamiento social. La expresión “estar conectado” ha mutado su significado.

La misma tecnología que nos lleva a consumir productos y servicios ―que a veces no necesitamos― es la misma que nos ha permitido, en los últimos cinco años, conocer el funcionamiento del cerebro como nunca antes.

El cerebro humano es el sistema más complejo del universo. Replicar su funcionamiento en la adolescente Sociedad Digital es, a la vez, apasionante y extremadamente peligroso. Apasionante porque cada dispositivo cuya funcionalidad nos aproxime a la cognición colectiva nos inunda de nuevas posibilidades de comunicación. Peligroso porque nuestra mente va perdiendo la capacidad de asombro y las habilidades sociales que en su momento llevaron al enorme desarrollo de nuestra densidad neuronal y al 1.2% de diferenciación entre el ADN humano y el de los chimpancés. Con esta “mínima” diferencia hemos desarrollado íconos tecnológicos como el telescopio Hubble y el estudio imagenológico a través del PET.

¿Qué pensaría un chimpancé al observar a Stephen Hawking?

Si extendiéramos la corteza cerebral de un chimpancé ocuparía la cuarta parte que la de un ser humano.

"Los sistemas centrados en el conocimiento incremental y colaborativo llegan mucho más lejos que los que están centrados en datos puntuales. Es imposible desarrollar un sistema centrado en el conocimiento sin atender la lógica fundamental propuesta por la neurociencia."

Unos breves vistazos al sistema nervioso (neurona, mielina, sinapsis, hipocampo, amígdala, tálamo, hipotálamo, neocórtex, lóbulo prefrontal, núcleo accumbens, sentidos, neurotransmisores) y a la arquitectura de los sistemas informáticos (memoria, ancho de banda, algoritmo, big data, aplicaciones, sistema operativo, firmwares, redes sociales, procesador, servidores) revela un paralelismo bastante coherente.

El ser humano tiene aplicaciones desarrolladas e instaladas a través de millones de años de evolución. Han perfeccionado los centros reptiliano y mamífero del cerebro, aptos para la sobrevivencia, territorialidad, recompensa y reproducción en la sabana africana. Pues bien, la Sociedad Digital es la nueva sabana africana y el consumo nuestro principal depredador.

Hace aproximadamente 150.000 años que el hombre “sabe que sabe”.

El miedo sigue siendo el gran motivador, y la amígdala el mayor generador de relaciones sinápticas. Es la que puede oprimir el “botón de pánico” paralizando al individuo, como un venado ante la luz.

Los ejércitos de élite someten a sus reclutas a entrenamientos extremos para controlar el pánico, y así darle más participación cognitiva a la corteza en el desarrollo de la conducta. La prueba más exigente es la que se realiza bajo el agua. Pocos la sortean exitosamente en el primer intento. Siempre resulta útil practicar primero con la mente (diálogo interior con palabras y arengas positivas) para luego desarrollar la prueba “casi” naturalmente. Este anclaje por reiteración puede minimizar y hasta neutralizar la respuesta paralizante de la amígdala. El símil digital del anclaje podría ser instalar un nuevo software ―firmware― en la corteza (único lugar donde es posible) para que compita con la respuesta de la amígdala, creando y/o mielinizando rutas neuronales alternativas.

En este ensayo, KW brinda evidencia y opinión sobre el impacto de la Sociedad Digital en la calidad de vida tomando como herramienta de aproximación a la neurociencia.

La Sociedad Digital es el escenario para las grandes reformas que los Estados están realizando en la forma de gobernar. Como ciudadanos no nos queda claro cómo funcionará la inclusión y la democracia en este contexto. Sin embargo, está en manos del propio ciudadano que, sin saber programación, puede hacer aportes imprescindibles de acuerdo a su talento.

KW Foundation se encuentra investigando y desarrollando, desde el 2010, cursos de actualización y herramientas para la representación colaborativa e incremental del conocimiento.